Nacido en Durango, entre el lienzo del viento,
creador de quimeras, de fuego y desvelo,
tu mano dibuja con firme elemento
los puentes sagrados de la tierra al cielo.
 
Te llaman con gracia y con genio profundo
—el mito que abraza tu andar consagrado—
el hombre y pintor más famoso del mundo,
desde que aquel diablo cayó derrotado.
 
Pintaste su muerte con mano certera,
por puro cansancio de tanta impostura,
rompiendo el esquema, abriendo frontera,
volcando en el óleo tu audaz compostura.
 
Hoy San Miguel de Allende resguarda tu oficio,
donde el trazo es espejo, misterio y memoria;
jugando en el amate, burlando al prejuicio,
has ido esculpiendo tu mística historia.
 
El Cristo de la Tierra en tu rama florece,
con alma impregnada de luz mexicana,
mientras tu mirada jamás desvanece
buscando el misterio que el arte hermana.
 
Porque bien lo sabes, y el verso lo grita,
el arte no sirve si el mundo es austero,
mas es la centella sagrada e infinita
que enciende las vidas con brillo longevo.